jueves, 3 de julio de 2008

Un testimonio de Chernóbil

El 26 de abril de 1986, estalló el reactor número cuatro de la Central eléctrica nuclear memorial V.I. Lenin. La cantidad de radiación emitida se estimó en 500 veces superior a la bomba atómica arrojada en Hiroshima. Este testimonio está recogido en el libro La plegaria de Chernóbil de la periodista ucraniana Svetlana Aleksiévich.

I. Monólogo sobre lo que está más allá de Kylomá, de Auswitz y del Holocausto


Los primeros días... Las sensaciones se mezclaban... Recuerdo las sensaciones más poderosas: el miedo y la humillación. Había sucedido todo aquello y no había información alguna: las autoridades callan, los médicos no dicen nada. En el distrito esperaban órdenes de la región; en la región, de Minsk, y en Minsk, de Moscú. Una interminable cadena y al final de ella todo lo decidían unas cuantas personas. Nos encontrábamos indefensos. Ésta era la sensación principal de aquellos días. Un puñado de hombres decidía nuestra suerte. La suerte de millones de personas. Del mismo modo que, también otro puñado de hombres, podía matarnos... No unos maníacos ni unos criminales, sino los más corrientes operadores de guardia de la central nuclear.
Cuando comprendí esto experimenté una fuerte conmoción. Chernóbil abrió ante nosotros el abismo, algo que está más allá de Kolymá, de Auschwitz y del Holocausto. El hombre, aramado de un hacha y un arco, o con los lanzagranadas y las cámaras de gas, no había podido matar a todo el mundo. Pero el hombre con el átomo...
Yo no soy filósofo y no me voy a poner a filosofar. Mejor le cuento una vez más lo que recuerdo...
Recuerdo el pánico de los primeros días: unos salían corriendo a la farmacia y se llevaban el yodo, otros habían dejado de ir al mercado, de comprar allí la leche, la carne, especialmente la de vaca. En nuestra familia aquellos días hacíamos lo posible por no economizar, comprábamos el salchichón más caro, confiando que estaría hecho de una carne buena. Pero al poco nos enteramos que era justamente el caro donde añadían la carne contaminada; al parecer, con el argumento de que lo compraban menos y de que lo comía menos gente. Nos encontramos indefensos. Aunque esto, como es natural, usted ya lo sabe. Quiero escribir sobre otra cosa. Sobre nosotros, sobre que la nuestra fue una generación soviética.
Mis amigos son médicos, maestros. La intelectualidad local. Teníamos nuestro grupo. Un día nos reunimos en mi casa. A tomar café. Con dos amigas íntimas; una de ellas era médico. Las dos tenían niños pequeños.
La primera comenta:
- Mañana voy a ir a ver a mis padres. Me llevaré a los niños. Si de pronto enferman, no me lo perdonaría el resto de mi vida.
La otra:
- En los periódicos dicen que dentro de unos cuantos días la situación volverá a la normalidad. Han mandado a las tropas. Helicópteros, carros blindados. Lo han dicho por la radio.
La primera:
- Pues a ti también te lo recomiendo: ¡llévate a los niños! ¡Sácalos de aquí! ¡Escóndelos! Esto no es una guerra. Ni siquiera podemos imaginarnos lo que ha pasado.
De pronto las dos levantan la voz y la cosa acabó en pelea. Acusándose mutuamente:
- ¡Eres una traidora! ¿Dónde está tu instinto de madre? ¡Una fanática es lo que eres!
- ¿Qué sería de nosotros si el resto de la gente actuara como tú? ¿Hubiéramos ganado la guerra?
Discutían dos mujeres jóvenes, atractivas, que adoraban a sus hijos. Algo parecía volverse a repetir; un texto se diría que conocido...
Y todos los que estábamos allí, incluida yo, teníamos la sensación de que mi amiga nos contagiaba su alarma. Había que esperar, hasta que dijeran algo. Anunciasen algo. Pero ella era médico y sabía más: "¡No sois capaces de proteger a vuestros propios hijos! ¿Que nadie os amenaza? ¿Entonces por qué tenéis miedo?".
Cómo la odiamos en aquel momento. Nos había estropeado la velada.
Ella se marchó al día siguiente. Nosotros en cambio, vestimos de gala a nuestros hijos y los llevamos a la manifestación del Primero de Mayo. Tanto podíamos haber ido como no. En nuestra mano estaba elegir. Nadie nos obligaba, nadie nos lo exigía. Pero nosotros creímos que era nuestro deber. ¡Cómo iba a ser de otro modo! En aquellos tiempos, para aquella fiesta... Todos teníamos que estar juntos... Salimos a la calle, con la muchedumbre...


En la tribuna se encontraban todos los secretarios del Comité de Distrito, y junto al Primer Secretario, su hija pequeña; la colocaron en un lugar bien visible. La niña llevaba una capa con capucha, aunque brillaba el sol, y el padre con capote militar de campaña. Pero allí estaban... Eso lo recuerdo...
No sólo se ha "contaminado" nuestra tierra, sino también nuestra conciencia. Y también por muchos años.
En estos años he cambiado más que en toda mi vida anterior, en cuarenta años. He pensado mucho...
La gente allí, en la zona, está encerrada, se encuentra en una ratonera. En una trampa. ¿A quién le importa el hombre corriente? Las evacuaciones se han interrumpido. Y ahora estas personas viven como en el GULAG, en el GULAG de Chernóbil.
Recuerdo qué dura me resultaba cada clase... Los niños esperaban que les hablase. Chernóbil estaba en todas partes, en todo lo que nos rodeaba, y no teníamos elección: debíamos aprender a vivir con él... He aprendido de nuevo a hablar, con nuevas palabras... Pero, ¿cómo? ¿Dónde puede uno enterarse de todo eso? ¿Qué leer?
Yo enseñaba con el amor y quería vencer con el amor. Estoy delante de los niños y les digo: amo nuestro pueblo, amo nuestros ríos, nuestros bosques... Que son los más... Los más... No hay nada mejor para mí. Y no los engañaba. Les enseñaba con el amor...
Nos ha ocurrido algo que va más allá de Kylomá, de Aushcwitz y del Holocausto; la técnica nos ha conducido al confín de otro mundo. Pero no tenemos conocimientos. Había una cultura antes de Chernóbil, pero no existe una cultura después de Chernóbil. Vivimos inmersos en las ideas de la guerra, del hundimiento del socialismo y de un futuro impreciso... Cuando lo que necesitamos es reconsiderar nuestro futuro. De pronto nos hemos quedado sin futuro. Nos faltan nuevos argumentos, nuevas ideas y pensamientos.


¿Dónde están nuestros escritores, nuestros filósofos? ¿Por qué callan? Ya no digo nada sobre que nuestra intelectualidad, los hombres que más han esperado la libertad y que más han hecho para que llegara la libertad, hoy se han visto abandonados, tirados en la cuneta. Una gente empobrecida y humillada.
Yo ni siquiera me puedo comprar los libros más imprescindibles. Cuando los libros son mi vida. De pronto hemos descubierto que no somos necesarios. En todo momento no me abandona la pregunta: ¿por qué? ¿Quién hará nuestro trabajo? Pero esta importante cuestión ya es otro tema...

He escrito esta carta para que se sepa la verdad de aquellos días, de aquellas sensaciones. Para dejar constancia de cómo hemos cambiado...


De una carta de Liudmila Dímitrievna Polénskaya, maestra rural, evacuada de la zona de Chernóbil.

Extraída del número 1 de la revista Resquicios, La catástrofe de Chernóbil y su tiempo.